Aplicación de realidad virtual de citas

Lucia Martelletti 19 de diciembre de Esta buena pero no se como usarla si supiera como aplicacion de citas de realidad virtual segura de que seria buenisima la app Opinión completa. Fulldive 21 de diciembre de Que asco miren que yo instalé cardboard y me dice que busque un símbolo con una cosa de cardboard Opinión completa. Realidad Virtual en la Física Dentro del área de la física existen royectos con distintos enfoques, aquí se describe una aplicación muy común: la visualización de fluidos de partículas. 2- Realidad virtual en la Ingeniería Dentro de las áreas de ingeniería hay proyectos de manipulación remota como lo son la manipulación de robots ... La Realidad Virtual puede ser considerada una experiencia extremadamente inmersiva, que puede ser disfrutada sanamente para simular algo real. Al usar un dispositivo como gafas o lentes de VR o aplicación de realidad virtual, se logra entrar en simulaciones especiales. My virtual girlfriend es una aplicación de juego de simulación de citas desarrollada por WET productions Inc para usuarios de Android y iOS. Es un juego de citas divertido y coqueto en el que el objetivo es elegir una fecha, luego hacer un romance en su corazón hasta que se enamore de ti. 27 Mar 2020 24 Abr 2020 Realidad Virtual.Tendencias. 20. SHARES. ... La aplicación de emparejamiento de barcos se describe como una «aplicación de citas con amigos» que permite a los usuarios deslizarse junto a sus amigos para ver y discutir coincidencias en un chat grupal. Tras el anticipo de que las citas con videollamada llegarían a la aplicación de Tinder, la empresa ha comenzado la prueba en los primeros países, incluyendo España.Las videollamadas se ... La Realidad Virtual o VR surgió en el ámbito de los videojuegos y el entretenimiento en general, pero debido a sus casi infinitas posibilidades se ha extendido a campos y sectores de lo más variados. En este artículo vamos a comentar alguno de estos campos: Medicina: Los usos de la realidad virtual en medicina representan un potencial impresionante y en la actualidad es quizá el sector ... OkCupid fue una vez uno de los nombres más importantes en el negocio de las citas, y lo más curioso de todo es que la versión de escritorio ha existido desde hace mucho tiempo (antes de que las aplicaciones existieran).. En estos días, las reseñas de la aplicación son bastante variadas, pero sigue siendo una opción popular si estás volviendo al juego de las citas. Una aplicación de realidad virtual es una simulación en el sentido de que se recrea un mundo virtual que sólo existe como una representación digital 3. en la memoria de un ordenador. El hecho de que la simulación sea interactiva es lo que distingue la realidad virtual de una animación. En una animación, También se puede aprender idiomas con la ayuda de la realidad virtual. La aplicación de Mondly enseña diálogos básicos en más de 30 lenguas. A través de sencillos diálogos reales recrea situaciones cotidianas. Una aplicación que se puede descargar fácilmente y promete mejorar aún más.

El amor, con etiquetas.

2020.07.28 03:06 Otro_engranaje El amor, con etiquetas.

¡Buenas comunidad!
En esta ocasión traigo para compartirles un breve ensayo que elaboré en estos días sobre la cuestión del amor y su mercantilización en redes sociales estilo Tinder, Badoo, y otras tantas. Les dejaré el link a mi blog, si les place para leerlo con mayor comodidad, y también dejaré el ensayo por este medio. Sin más preámbulos, el ensayo...

El amor, con etiquetas.
No es un nuevo decir que “el amor”, en el transcurso del siglo XXI, ha tomado en las sociedades modernas un rumbo completamente diferente al que seguían los compromisos tradicionales. Tampoco es nuevo el decir que el “amor” (en comillas, pues deberíamos definir qué es amor) se transformó en una mercancía más en el momento que fue acaparado por el “espectáculo”.
Cuando Guy Debord (filósofo situacionista) escribía en los 60’ que “el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes”[1], no creo que haya imaginado que las mismas personas fuesen las que configurasen su propia imagen para utilizarla como un medio de relacionarse socialmente o, por lo menos, no con la misma eficiencia con la que hoy lo hacemos. Y es que, en su gran mayoría, las webs y apps de citas por internet son fundamentalmente eso: la mercantilización del amor, la cosificación de nuestra imagen como individuos. Y, parafraseando a Bauman, las relaciones tienden a ser “líquidas”, débiles e implican poca responsabilidad. Es cuestión de satisfacer un deseo o una apetencia, por eso no implica realmente una relación “amorosa”, no implica un “nosotros”. Las palabras del filósofo, sociólogo y ensayista son crudas, pero de una verosimilitud considerable con la realidad:
El deseo es aquí el deseo de consumir […]. El deseo es un impulso dirigido a despojar a la alteridad de su otredad y, de paso, de su poder. De tanto ser probada, explorada, conocida hasta la familiaridad y domesticada, la alteridad sale con el aguijón de la tentación extirpado y roto... sí sobrevive al tratamiento, claro está. Pero lo más probable es que, en el proceso, sus restos no digeridos terminen cayendo del ámbito de los productos consumibles al de los desechos.[2]
El miedo a la responsabilidad es evidente, y el lenguaje hace una manifestación empírica de ello. Los llamados “vínculos sexo-afectivos” manifiestan esta cosificación, aunque el término en sí sea utilizado para “no poner al otro en el lugar de objeto de un vínculo”[3], cuando el proceso mediante el cual uno selecciona estos vínculos es comparable al de ver un catálogo de ropa en línea:
¿Cómo hacer para generar un "match" que sea compatible con lo que buscás? Lo mejor es ser específico en las búsquedas. "Vamos buscando gente afín, yo tengo mis claves, políticas y feministas, y esto me sirve de filtro para las personas que agrego.[4]
La anterior declaración de una usuaria de la app Tinder deja en claro el proceso. Basta con seleccionar filtros para encontrar lo que más se adecua a lo que uno desea del otro. Todo aquel que no cumpla los requisitos que cada uno o cada una impone en su búsqueda, será invisibilizado por un algoritmo que “filtra” aquellos perfiles que no nos gustan o no nos interesan.
La “ley de Mirtha.”
Mirtha Legrand, la “Chiqui”, conductora de televisión argentina de antaño, forjaría sin saber el precepto que este tipo de redes sociales readapta a su estructura de funcionamiento: “Cómo te ven, te tratan…” y si te ven mal no hace falta el maltrato, alcanza con hacer un “click” o un movimiento del dedo (dependiendo de si se usa una computadora o un smarthphone) e indicarle a la aplicación que no nos interesa el perfil que se nos presenta en la pantalla.
Refiriéndose al “sexting” (o “sexo virtual”), una experta en salud sexual señala:
“… tener en cuenta que nuestras imágenes se deben enviar sin el rostro y sin ninguna seña particular que nos pueda reconocer […]. El riesgo que corremos es que nuestra imagen sea reenviada sin que estemos de acuerdo…” [5]
Si bien la autora informa sobre un peligro real y habitual en la cuestión de la divulgación de imágenes íntimas en la virtualidad, deja constancia de este empleo de la imagen como mero objeto de deseo, y la “cosa” sigue ahí, al punto que no podemos ni confiar por entero en nuestro “vínculo”, pero aun así necesitándolo para satisfacer nuestros apetitos sexuales.
Cuando Zygmunt Bauman habla sobre la “vida de consumo”, se refiere justamente a una sociedad donde todo debe ser necesariamente consumible, dónde nosotros mismos somos llamados a producirnos para nuestro posterior consumo:
Los colegiales y colegialas que exponen con avidez y entusiasmo sus atributos con la esperanza de llamar la atención y quizás ganar algo de ese reconocimiento y esa aprobación les permitiría seguir con el juego de la socialización; los clientes potenciales que necesitan expandir su nivel de gastos y límite crediticio para ganarse el derecho a un mejor servicio […].
Ellos son, simultáneamente, los promotores del producto y el producto que promueven.[6]
A modo similar, somos nosotros quienes construimos una imagen, un perfil que nos sirve como carta de presentación, al mismo tiempo que buscamos perfiles que cuadran con nuestros gustos y nuestras preferencias. Nos evitamos así la molestia de tener una experiencia “desagradable” con nuestro próximo “vínculo” a consumir.
En la web del diario La opinión de Murcia, una crónica nos brinda un ejemplo claro, en contexto de pandemia –que al mundo azota en este 2020–:
Mientras esperaba para volver desde el extranjero, Alicia se ilusionó con Paula. «Parecía que la cosa iba bien. En cuanto volví a España, quedamos. Era la fase 3». Alicia recuerda pasar una primera cita con las mascarillas puestas y miedo al contagio, pero «la distancia social no la mantuvimos». «Fue una cita agradable, pero no hemos vuelto a hablar», manifiesta Alicia, que recuerda que se había formado otra imagen de ella por sus fotos y mensajes y, finalmente, superó sus expectativas.[7]
En el momento en que la incongruencia entre la imagen y la realidad queda en manifiesto, la ilusión y el deseo se desvanece. El conocer al otro, el adentrarse en el otro, no juega un papel importante. Pero así es el acuerdo, casi tácito, entre los usuarios.
Cualquiera puede retrucar, en esta instancia, que lo de dar una “buena imagen” no es nuevo. Lo cual es bien cierto. El linaje, las riquezas, la gentileza “caballeresca” … eran así mismo una especie de carta de presentación en otros momentos de la historia. En el Decamerón de Bocaccio es factible de observar este tipo de estilo de “hombre” de la Alta edad Media, y asimismo prototipos de mujeres “ideales”. Pero se trataba de una sociedad más elitista y estrictamente jerarquizada, y no existía una “mercantilización” de la imagen como la que hoy tenemos, ni tampoco una producción tan generalizada de nuestra propia imagen. Lo que vivimos hoy es una especialización técnica y masiva de autoproducción y consumo de experiencias, donde ya ni siquiera buscamos el amor, sino la satisfacción; donde no queremos asumir compromisos, sino consumir hasta que el producto se agote.
La imposición silenciosa de una imagen hegemónica.
No se puede oponer, abstractamente, el espectáculo y la actividad social efectiva; este desdoblamiento se encuentra él mismo desdoblado. El espectáculo que invierte lo real es efectivamente producido. Al mismo tiempo, la realidad vivida se encuentra materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y retoma en sí misma el orden espectacular dándole una adhesión positiva. De los dos lados la realidad objetiva está presente. Cada noción así fijada no tiene como fondo más que su pasaje a lo opuesto: la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente.[8]
No solo nos producimos a nosotros mismos para nuestro posterior consumo, así como buscamos un perfil que nos resulte “deseable” o que sea de nuestro agrado. Necesitamos un modelo. Necesitamos saber cómo ser “lindos”, “apuestos”, “atractivos”. Precisamos construir una imagen que atraiga a más compradores y/o compradoras, con el menor margen de error posible. Aquí es donde aparece el espectáculo como “la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, es decir social, como simple apariencia.” [9] La relativa facilidad contemporánea de acceder a los medios masivos de información y del espectáculo hacen factible esta imposición de una imagen hegemónica[10], tanto para el hombre como la mujer, a la que el gran público tiende a aspirar. Y, a veces incluso sin saberlo, reproducimos esta imagen de lo “bello”, de lo “atractivo”, de lo “sensual”, en un intento voraz por agradar y por producirnos. Así mismo, cuando buscamos en las redes de citas virtuales nuestra “pareja”, las primeras impresiones nos entran directamente por los ojos, pero no solo por los ojos, sino que también penetran en esa estructura espectacular de lo “bello” que hemos incorporado, que se a introducido, justamente, de manera silenciosa.
El caso del cuerpo femenino es fácil de observar, sobre todo con el auge de los y las influencers.[11] Una de estas figuras hegemónicas que se instala y que sin saber se anhela es, por ejemplo, en Argentina, la de Maria Sol Pérez, o Sol Perez. El volumen y las curvas de su cuerpo vienen a representar la figura de lo sensual[12]. Se sigue así, entonces, que la mujer cuya figura más se asemeje a la de la influencer, será más atractiva. Eso se aspira tener (en el caso del consumidoa) y eso se busca ofrecer (en el caso de quién se produce).
¿El fin del amor?
Si bien lo anteriormente expuesto es evidencia explícita de la mercantilización de nuestra figura y nuestra imagen, así como del consumo del otro como si de un producto más se tratase para la satisfacción de algún apetito nuestro, todo este panorama no es ni por lejos una ley “universal” (aunque tienda a ser la “norma”)
Las relaciones amorosas de este siglo, concretadas mediante un proceso completamente comparable al de ir a un supermercado o al de hacer compras en línea, se articulan a través de una estructura, por así decirlo, de mercado. Lo que no quita que uno no pueda encontrar el amor a través de ellas. Pero debemos cuestionarnos: ¿Cuándo gana la aplicación?, ¿cuándo encontramos “el amor”, o cuándo nos vemos forzados a recurrir a ella una y otra vez por nuestras relaciones “fallidas”?
Antes de finalizar este breve ensayo, me permito dar una concepción más profunda sobre el amor, del ya citado libro de Zygmunt Bauman:
[…] no es en el anhelo de cosas ya elaboradas, completas y terminadas donde el amor halla su sentido, sino en el ansia por participar en el engendramiento de tales cosas. El amor es análogo a la trascendencia; no es más que otro modo de llamar al impulso creador y, como tal, está preñado de riesgos, pues ninguna creación sabe con certeza en qué irá a dar.[13]
El amor seguirá existiendo. Solo basta distinguirlo y no sucumbir ante lo efímero de la mera imagen.

[1] Debord, G. (1967): La sociedad del espectáculo. Ediciones naufragio. (p.9) En línea: http://criticasocial.cl/pdflibro/sociedadespec.pdf
[2] Bauman, Z. (2003): Amor líquido. Paidós. España. Barcelona. (p.27)
[3] (18-08-2019): “´Salgo con mi vínculo´: el nuevo vocabulario de las relaciones de hoy”. Clarín, Entremujeres, Edición virtual en línea: https://www.clarin.com/pareja/-salgo-vinculo-nuevo-vocabulario-relaciones-hoy\_0\_f\_hAm1RNY.html
[4] (17-05-2019): “Apps de citas: lo que buscamos, lo que nos ilusiona, ¡lo que nos espanta!”. Clarín, Entremujeres, Edición virtual en línea: https://www.clarin.com/entremujeres/pareja/apps-citas-gusta-ilusiona-espanta\_0\_5UuqHXRUo.html
[5] Zilberman, D. (26-07-20): “No podemos dejar de lado la sexualidad”, Página 12, Sociedad. Edición impresa, p.21.
[6] Bauman, Z. (2007): Vida de consumo. (p.13) Ebook. En línea: https://www.lectulandia.co/book/vida-de-consumo/
[7] Mar Ibáñez León (25-07-2020): “Noviazgos por Tinder durante el confinamiento”. La opinión de Murcia. En línea: https://www.laopiniondemurcia.es/cultura-sociedad/2020/07/26/noviazgos-virtuales/1132149.html
[8] Debord, G. op. Cit., p.10
[9] Debord, G. op. Cit., p.10
[10] Se habla de “hegemonía” cuando hay un dominio o superioridad de una entidad sobre otras “de igual tipo”. (Wikipedia. Wiki: “Hegemonía”. En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/Hegemon%C3%ADa)
[11] Según Wikipedia: “El marketing de influencia, o mercadotecnia influyente, es una forma de publicidad que ha surgido a partir de una variedad de prácticas y estudios recientes, enfocada más a los individuos que al mercado objetivo en su conjunto. Identifica a las personas que tienen influencia (comúnmente llamados influencers) sobre los compradores potenciales y las actividades de mercadotecnia orientadas en torno a estas personas influyentes.” (Wikipedia. Wiki: Mercadotecnia influyente. En línea: https://es.wikipedia.org/wiki/Mercadotecnia\_influyente)
[12] (18-08-2018): “Sol Pérez derritió Instagram con un sensual topless ¿y moretones?”. Los Andes. En línea: https://www.losandes.com.asol-perez-derritio-instagram-con-un-sensual-topless-y-moretones/
[13] Bauman, Z. op. Cit., p.24
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2020.02.19 22:15 paleuribe El individuo (cuento)

El individuo es un invento de la cultura occidental, un centro imaginario en torno al cual se orienta su actividad que le permite arrojar productos al mundo y que éste se los devuelva en forma de dinero, con lo cual podrá seguir repitiendo el proceso indefinidamente hasta que sus manos pierdan su fuerza y su mente su orientación y sea arrastrado por la entropía y el frío eterno del universo estabilizado. Pero esto el individuo no lo sabe, o lo sabe de una manera vaga que le permite sumergirlo con el resto de imágenes y sensaciones en el basurero de su conciencia, de la cual resurgen de vez en cuando ideas desagradables pero que siempre podrá, con un poco de esfuerzo y algo de sedantes, suprimir.
A pesar de ello, hay algo de admirable en el individuo, una persistencia inamovible en aquello que lo destruye, tanto más admirable por el hecho de que aquello no le retribuye, salvo en cortos y leves momentos, ningún beneficio. No hay certeza más fácil de refutar que el supuesto egoísmo que lo motiva: si fuera realmente egoísta, este sistema no se mantendría un solo día en pie. Lo cierto es que el aparente egoísmo del individuo no es más que una solidaridad absoluta con el futuro, que él se imagina como dirigido en su propio provecho; el futuro estaría dirigido hacia su progreso, sea como sea que se imagine ello el individuo. Pero lo cierto es que el futuro es el futuro del sistema mismo, de su eterna repetición, que utiliza al individuo hasta que no tenga más futuro que exprimirle, abandonándolo después al infierno particular que tiene para aquellos que juzga como inútiles.
Una de las grandes preocupaciones del individuo, y quizás la única, es la de si él en efecto es un individuo, y si los demás individuos realmente lo son. Para ello, dispone de una serie de hipótesis que elabora y rumia día tras día, muchas veces mientras está ocupado en sus tareas. Algunas veces piensa que es el único individuo que ha existido y que podría llegar a existir, elucubrando ideas torpes acerca de cómo las cosas del mundo se deducen de él, como quien se limita a poner valores en una ecuación. Otras veces, presa de un excepcional entusiasmo, piensa que todos los individuos existen, y que son como él, e incluso que en el fondo son todos un mismo individuo que el sistema se ha encargado de dividir y aislar. Pese a estos altibajos, la mayoría de las veces el individuo se limita a pensar que los demás individuos existen, y que son estúpidos.
La apreciación y la estimación de la magnitud de la estupidez de los demás individuos es uno de los pasatiempos favoritos del individuo, y quizás a estas alturas el único que le queda. No son buenos tiempos para el individuo: está todo demasiado saturado de ideas y acciones, de estímulos y respuestas, como para mantener un mínimo de estabilidad emocional. El individuo siente que pierde su centro, y teme que sus complejos, que tanto le ha costado cultivar, se independicen y se dispersen y lo dejen en la nada que en verdad es, en un perpetuo mirarse en el espejo. El individuo teme, solo de eso está seguro. Desconfía de las ideas y los estímulos que le llegan, lo aterroriza que sus acciones y reacciones sean manipuladas por esos individuos estúpidos pero astutos, o por individuos astutos que los dirigen a ellos, o por fuerzas ocultas que dirigen todas las acciones humanas, que todos pueden ver excepto él.
El individuo percibe una idea, pero no sabe si es de él. Aunque más que una idea, es una voz, que le exige una respuesta. El individuo no sabe qué responder, no solo porque no sabe la pregunta ni a quién responderle, sino que sobre todo porque siente paralizada su conciencia: el temor a la respuesta adecuada lo hace entrar en un ciclo de estímulos e ideas, cuya extensión aplazada hasta la náusea lo hace retroceder hacia sí y limitarse a mirar al mundo con ojos inmensos, que ya no se dedican a mirar sino a esperar la piedad del mundo para que no lo aplaste.
Pero el mundo no lo aplasta; se limita a insistirle con una pregunta: qué opina. El individuo entonces comprende que la voz no viene de algún lugar oscuro de su conciencia, sino que es la voz de otro individuo. Percibe que el individuo está rodeado de otros individuos, que están en un recinto donde se encuentran aún más individuos, que están hablando, riendo, bailando; siendo, en definitiva, individuos. Los individuos que lo rodean lo quedan mirando a la espera de su respuesta, al parecer el único momento en que el individuo irrumpirá en el mundo, en que cortará el flujo normal de los acontecimientos para revelar su único e irreductiblemente diferente punto de vista acerca del mundo, en que podrá intervenir y quizás cambiar el punto de vista de algunos de los individuos presentes, que a su vez reproducirán en sus interacciones con otros individuos tal cambio en la forma de ver el mundo, cambiando así el mundo, aunque de forma mínima, sí irreversible.
El individuo sonríe. Intenta decir algo gracioso pero no sabe cómo rematar, aunque de todos modos nadie nota que esa era su intención. Intenta recordar las palabras que los demás compartían antes de que le preguntaran, recuerda algunas palabras pero no sabe cómo usarlas. Habla en términos genéricos y sabe que bien podría dejar de hablar en ese momento y que ello no haría ninguna diferencia. Pero los ojos de los individuos ejercen sobre él una fuerza desconocida que lo lleva a no poder dejar de seguir balbuceando, a seguir encadenando palabra tras palabra su ruina. El individuo nota que poco a poco los rostros de los individuos comienzan a hacer gestos de burla y luego de indiferencia, y uno tras otro se voltean hasta dejar de fijarse en él. El individuo toma la lata de cerveza más cercana y, sin despedirse de nadie, sin que nadie lo note, abandona el recinto.
El individuo sube a la primera micro que ve en la calle, no sabe hacia dónde irá. Se sienta en el fondo de la micro y abre la lata de cerveza, la toma mientras mira por la ventana y escucha por sus audífonos música genéricamente deprimente. El individuo mira su rostro en la ventana pero no puede reconocerse en él, como si siempre hubiera carecido de rostro y justo ahora que requiere mirarse en uno el mundo le arroja un rostro a la rápida, hecho sobre la marcha. Piensa que no pertenece a nada, ni siquiera a sí mismo. Qué es lo que se individúa en el individuo entonces, se pregunta el individuo. Piensa entonces en sus hipótesis acerca de los individuos, cree comprender lo que ocurre cuando en realidad sólo se dedica a rumiar una y otra vez los mismos pensamientos, a la espera de un consuelo que a veces imagina como una iluminación espiritual, y a veces, pero esto no le gusta confesarlo a sí mismo, como la llegada de un milagro.
El individuo cae en la cuenta de que en algún momento de la noche sus pasos lo han llevado afuera de lo que llama su hogar, aunque sería más apropiado decir el habitáculo donde arroja su cuerpo de forma periódica, y a estas alturas de forma casi permanente. Se para frente a la puerta, cierra los ojos y respira hondo, luego decide entrar. Arroja a un rincón lata de cerveza que lleva horas vacía. Se recuesta sobre su cama a oscuras, no se molesta siquiera en prender la luz. Revisa en el celular su correo: solo mensajes de ofertas de tiendas, de puestos de trabajo que nunca tendrá, de avisos de deudas que nunca va a saldar. Ningún mensaje de algún conocido, ningún recordatorio de alguna actividad, nada que le dé una señal siquiera ilusoria de que existe. Va al refrigerador, encuentra una última lata de cerveza, al lado de una lechuga quemada hace semanas por el frío y un pote con una comida que hizo la semana pasada y que sabe que en ningún caso se comerá.
El individuo vuelve a recostarse en la cama, con la cerveza en una mano y el celular en la otra. Revisa sus redes sociales, si hay algún artículo interesante, algún video gracioso, alguna imagen que compartir. El individuo siente un deseo, un impulso al que no puede resistirse. Entonces busca en el celular e instala la aplicación de citas que ha desinstalado y vuelto a instalar tantas veces. Al individuo se le aparecen en la pantalla imágenes de individuos con los que podría encontrarse. Las imágenes traen descripciones, pero él ya no las lee hace tiempo, ya adivina la genericidad de ellas: me gustan los viajes, las aventuras, pero también la soledad, no busco nada estable pero tampoco me cierro a nada y la verdad es que busco a ese alguien especial que comparta caminatas, conversaciones, que sepa bailar, pero también cuándo es el momento de escapar de todo y meditar, no quiero a una persona presumida pero tampoco me interesa la gente apocada, si quieres contar tus problemas anda a un psicólogo JA!
El individuo está a estas alturas resignado a todo, dispuesto a todo: pone que le gustan todas las fotos, todos esos rostros que le provocan horror pero que al mismo tiempo no puede dejar de desear. Pasa una cantidad de tiempo indeterminada, quizás horas, hasta que comienzan a aparecer las primeras solicitudes aceptadas. Saluda con un “hola” a esas imágenes de rostros; una buena parte de ellos no responden; otras responden con otro “hola” y poco más, concluyendo con ello la interacción. Sin embargo, tres rostros, tres imágenes de rostros, se muestran se muestran dispuestos a interactuar.
El primer rostro responde a la interacción describiendo su situación actual, actitud descriptiva que deriva de modo más o menos rápido en una descripción corporal de ambos interactuantes, para pasar a la descripción de una imaginaria relación sexual entre ambos, donde abundan las descripciones de formas y tamaños de los órganos sexuales o que pueden ser usados en una relación sexual, descripciones que incluyen las fases típicas de una relación sexual tales como la estimulación previa, el coito en variadas posiciones y la eyección de fluidos que caracteriza la fase final. El individuo, notoriamente excitado, le pregunta al rostro si pueden juntarse en algún momento, de ser posible en ese mismo momento. El rostro parece de pronto reticente a interactuar, y finalmente deja de hacerlo del todo.
El individuo pasa entonces al segundo rostro: parece tan solitario como él, tan desilusionado como él. Arrebatado por la aparente coincidencia entre los destinos de ambos, comienza a contarle acerca de su vida, sus miedos, sus fracasos, con la impulsividad que da la certeza de que al otro lado de la pantalla hay alguien que comprende todo eso porque también lo ha vivido. El individuo, sin embargo, comienza a notar, entre los mutuos relatos acerca de sus miserias respectivas, que el rostro comienza a distanciarse de lo que había dicho. De pronto comienza a comentarle acerca de sus encuentros con otros usuarios de la aplicación, hasta que, transcurrido un largo tiempo en ello, comprende que el rostro usa la miseria que el individuo le expuso para valorizarse a sí en la jerarquía imaginaria de la aplicación, con lo cual podría tener mayor chance de tener un encuentro exitoso con un usuario de mayor valor que él. Una vez que descubre el truco, abandona la conversación.
Pasa entonces a interactuar con el tercer rostro. Capta de inmediato el carácter del rostro, a pesar de lo esquivo de la imagen: un rostro devaluado, de un valor ínfimo, un rostro que grita en una única imagen sombreada su lugar bajo, casi postrero, dentro del orden de valor de los rostros ofrecidos en ese espacio virtual. El individuo, ya desesperado a estas alturas y completamente devaluado en sí y para sí, conversa con el rostro, dispuesto a escuchar y aceptar todas sus banalidades: que hay música que le gusta y música que no, que a veces le gusta estar en casa y a veces no, que a veces está triste y a veces no. El individuo responde que sí a todo: sí, las películas deberían ser así, sí, las comidas deberían prepararse así, sí, la vida debería ser así, sí, sí y sí. El individuo le plantea a este rostro, reducido en su valor a prácticamente nada, que, ya que es evidente que hay una casual y sorprendente coincidencia de gustos y opiniones, podrían tal vez, solo tal vez, juntarse algún día en un parque a conversar, para seguir haciendo inventario de tal increíble cantidad de coincidencias. El individuo espera ansioso su respuesta. El rostro le responde con el equivalente tipográfico de una sonrisa, y no vuelve a responderle más.
El individuo mira la pantalla negra de su celular impávido; de pronto, en un gesto casi automático, sin rabia, arroja su celular contra el piso. Casi de inmediato se levanta de su cama a recoger su celular; se trizó algo la pantalla, pero sigue funcionando. El individuo va al baño a buscar un pedazo de papel, vuelve a recostarse en su cama y se pone los audífonos. Pone entonces en el celular su página de pornografía habitual, la única que visita desde hace años. Ni siquiera se molesta en buscar videos que sean de su gusto, o que le generen algún tipo de curiosidad; se limita a revisar las sugerencias de la misma página, que ya lo conoce bien y que sabe exactamente qué es lo que querrá ver en ese momento. De todos modos, poco le importa ver algo en particular: más que de excitación, se trata de adormecimiento. Selecciona un video, ve algo del comienzo, algo del medio, y se dirige casi de inmediato al final; se masturba sin muchas ganas, pero la ilusión de simultaneidad con la escena hace que eyacule sobre el pedazo de papel, que de inmediato envuelve y arroja debajo de la cama.
Se oyen débiles cantos de pájaro, y un rumor de gente dirigiéndose a sus labores. El individuo decide que ya es tiempo de dormir. Busca en su celular alguna secuencia de sonidos que lo ayude a quedarse dormido, que lo acompañe durante ese lapso de tiempo en que olvidará que existe. El individuo, recostado de espaldas con sus audífonos puestos, espera que llegue el momento en que su conciencia se canse de repetir una y otra vez sus ideas fijas, que su propia voz se canse de sí misma y se desplome como por un golpe firme de un fierro directo en la cabeza, mientras de fondo se escucha una voz dulce y susurrante que dice que lo ama, que siempre lo ha amado y siempre lo va a amar, que su amor por él es como un sueño delicado y hermoso del que no quisiera despertar jamás.
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